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¿POR QUÉ ANULAR MI VOTO?

Hugo Santos Flores

El arzobispo de Oaxaca, José Luis Chávez Botello, es otra de esas buenas conciencias que se oponen a que la gente anule su voto el 5 de julio, a que lo deje en blanco o se abstenga. ¿Por qué? ¿Qué le importa al arzobispo si los hijos de Dios votan o no? A él, ¿en qué le beneficia que yo vote; que no anule mi voto?

El arzobispo no puede estar llamando a la gente a votar, así como el gobierno no puede llamar a la gente a comulgar o a ir a misa. Pero no deja de ser interesante que el hombre llame a no dejar la boleta en blanco. No en blanco. Pero, ¿anular el voto, inutilizar la boleta, para que no pueda ser usada a favor de algún candidato? Chávez no lo dijo; pero tampoco dijo lo contrario.

A él no le perjudica que la gente no vote. Casi podría decirse que a Chávez Botello y a Dios les vale quién gane en la elección; quiénes resulten ser diputados federales electos. La Iglesia es una instancia de poder, pero tiene su propio territorio, que es el espiritual. En todo caso, lo que le importa es que el control espiritual de la grey no esté reñido con el control político de la sociedad.

¿A qué “buenas conciencias” me refiero? Al gobernador Ulises Ruiz, por ejemplo; a los dirigentes estatales del PRI (Jorge Franco), el PAN (Carlos Moreno) y el PRD (Amador Jara); a los candidatos de todos los partidos, que por obvias razones están en contra de que la gente no vote o anule su voto; a los columnistas y analistas políticos, que a menudo están al servicio de algún poderoso.

Estos últimos, haciéndose eco de lo que argumentan sus patrones, nos han estado llamando la atención sobre lo inconveniente de anular el voto; lo indecente o irresponsable que es no votar. Han llamado “delincuentes” a los abstencionistas, porque votar es una obligación expresa en la ley. Y la ley hay que cumplirla. Si la ley lo “mandata” (como dicen los burros), hay que obedecer. Y no hay de otra: obedeces la ley, o eres un delincuente.

Qué fácil es llamar “delincuente” al que no vota. Pero no al que es electo y no cumple lo que ofreció; no al que asume un cargo para enriquecerse, para cobrar sin trabajar, para adquirir poder y abusar de éste; no al corrupto, al simulador, al mentiroso, al que hace con la ley lo que se le antoja; no al político ladrón, al convenenciero. Llaman “delincuente” al que no vota; pero no a los verdaderos delincuentes.

Hay quienes siempre han votado por el mismo partido (el ‘voto duro’); quienes votan por el que les conviene, por el que les dio una despensa o una camiseta (voto clientelar); quienes siempre han anulado su voto o han dejado la boleta en blanco, y quienes nunca han votado (los abstencionistas).

De todos ellos, los últimos son más congruentes. Puede ser que el abstencionista no vote porque no le interese en absoluto la política. Me parece muy válido, aunque se los llame irresponsables y delincuentes. Como aquel a quien no le interesa el futbol y no ve los partidos ni juega en los ‘pronósticos deportivos’; o aquel a quien no le interesa la religión y no practica ningún culto, o aquel a quien no le interesa la farándula y no va a los ‘conciertos’ ni compra discos compactos.

Ahora, no es lo mismo abstenerse, que anular el voto o dejar la boleta en blanco. Esta vez, lo que tiene preocupadas a esas buenas conciencias es que la gente, en vez de quedarse en su casa el 5 de julio, salga a “votar”, pero anule su voto. Anular el voto es más grave que no votar, porque no votar es callar, y el que calla otorga; más grave que dejar la boleta en blanco. Imaginen, por ejemplo, dejar por ahí un cheque en blanco, para que el más vivo le ponga la suma a cobrar, le falsifique tu firma y lo cobre.

Anular el voto, en cambio, significa decirles a todos los candidatos y a todos los partidos que no voto por ninguno de ellos; es cancelar mi cheque para que ninguno pueda cobrarlo. Claro que en México, una elección la gana el que tenga un solo voto más que los otros, y se puede argumentar —con razón— que si todos anulamos nuestro voto, entonces va a ganar el ‘voto duro’ del PRI en todos los distritos.

Pero el que “gane” habrá ganado ilegítimamente. Representará a su partido, a sus fieles, a sus ‘clientes’, a los convenencieros; pero no a su distrito. Será un diputado ilegítimo. No me representará a mí, a ninguno que haya anulado su voto. Todo lo que haga lo hará al amparo de una ley tramposa y de una pandilla bien organizada y poderosa. Pero será, casi irremediablemente, un enemigo del pueblo. Y este pueblo —aunque no parezca— en cualquier momento va a ajustarles cuentas a sus enemigos.

Eso es lo que les preocupa a las buenas conciencias como los jefes del PRI, el PRD y el PAN. (Al del PRI, no tanto. Ellos están acostumbrados a ganar como sea, y el pueblo los tiene sin cuidado; pero sí preferirían ganar con votos efectivos, más que con votos nulos.)

¿Cómo anulo mi voto? Votando por todos los candidatos a la vez; tachando toda la boleta para inutilizarla, o votando por alguien que no sea candidato (por mí mismo, por ejemplo). Esta vez, anular el voto es una opción interesante para quienes nunca han tenido opciones. Es un aliciente para no quedarme en casa el 5 de julio.

Anular el voto es desenmascarar la farsa de la “democracia-a-la-mexicana”; es decirles a todos los partidos y candidatos que no creo en ninguno de ellos; decirle al IFE que no creo en las elecciones, en el código electoral, ni en él como institución; es manifestar que la sociedad ya no es viable como está planteada; es demostrarles que no soy el borrego, el perro amaestrado que siempre han creído.

Anular el voto, esta vez es una opción atractiva incluso para quienes nunca han votado y que, a pesar de todo, tienen su credencial de elector. Se puede pensar que todos, o casi todos, la tenemos; porque nos han obligado a tenerla. Nos la exigen para todo. Hay quienes nunca la han usado para votar. Esta es la oportunidad de darle otro sentido al abstencionismo.

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