Hugo Santos Flores
No falta mucho para que Oaxaca entre en un proceso de descomposición en el que no haya leyes, instituciones ni autoridades que valgan; en el que grupos organizados se “gobiernen” a sí mismos al margen del Estado, y en la práctica cada quien haga lo que quiera. No falta mucho; estamos en el umbral del anarquismo.
Ni caso tiene culpar a Ulises Ruiz, el gobernador. Si bien es cierto que no sabe gobernar, también lo es que Oaxaca se ha vuelto ingobernable. Históricamente, somos una ‘formación’ obligada a la “convivencia civilizada”. No aceptamos la autoridad; abominamos de ella, la aborrecemos; está probado cuan resistentes somos.
El respeto (sobre todo al 'derecho ajeno', que Juárez consagró en un apotegma que le hemos atribuido, pero que no era suyo) lo desconocemos. Se puede decir que el respeto mismo nos es ajeno, porque nuestra historia no es de respeto; somos todo lo contrario: arbitrarios, tiranos, intolerantes, rencorosos, amantes del desorden y el atraso; la anarquía nos es más atractiva.
Por ello, las bases están dadas (desde siempre, pero más ahora) para que el gobierno, sus leyes e instituciones, se vengan abajo. Nunca el Estado había sido tan frágil y tan visiblemente agotado. El poder de las hordas acabará por imponerse. Los bárbaros, los que no reconocen la ley ni el respeto, someterán a los temerosos —los ‘respetuosos’—. Nadie que crea en las instituciones sobrevivirá; nadie que no esté preparado para el desastre.
Decía Ikram Antaki que nunca la civilización ha resistido a la barbarie; que la historia no la han hecho los civilizados, y que las sociedades no permanecen para siempre; mueren cuando ya están agotadas. Me llamarán ‘agorero de la ruina’, pero no tengo duda de que somos una sociedad decadente.
LA FUERZA DE LA COSTUMBRE
Me di cuenta cuando llegué a vivir aquí, 16 años atrás. Todo mundo elogiaba los ‘usos-y-costumbres oaxaqueñas’, algo que puede parecer muy buena idea y que a muchos extranjeros les fascina. Pero no es tal (acaso lo sería si no fuera la institucionalización de la extraterritorialidad, el reconocimiento del pequeño “estado” dentro del Estado).
En Oaxaca estamos acostumbrados a esto: a que aquí la ley, la Constitución, el gobierno, valen menos que la Asamblea, lo que el “pueblo” dice; a que el alcalde se va si nos da la gana; a que “si no te gusta, por qué no agarras tus cosas y te largas”. Me lo dijeron cuando llegué: “Aquí te chingas, chilango, porque aquí estás en mi tierra.”
La Asamblea es la legitimación del autoritarismo; la imposición de la mayoría sobre los menos; la supresión de lo individual a favor de la colectividad. No existe el respeto a lo singular. La comunidad se mete incluso en la vida de las personas, porque la mayoría lo acepta. Disentir se persigue y se castiga.
En su pretensión de respeto a las costumbres, a la tradición, el Estado concede a la Asamblea facultad para imponer, para multar, para perseguir y castigar; para suprimir las mentadas 'garantías individuales'. Aun, el Estado tutela la arbitrariedad. En las comunidades gobernadas por usos-y-costumbres el Derecho no vale; la horda impone su norma.
Eso es a lo que estamos acostumbrados. Por ello, cuando la gente se va de su pueblo, a vivir en un lugar menos silvestre, quiere llevarse sus costumbres tribales; llevarlas a la ciudad y vivir conforme a ellas, desde orinar en la calle hasta someter a sus vecinos. Y por eso en Oaxaca no hay orden; hay anarquía, porque desde siempre hemos aprendido que “aquí se hace lo que yo mando”.
RESPETO, ¿A CUÁL LEY?
Por eso a Ulises Ruiz, gobernador, nadie lo respeta. Por eso el Estado, la policía, el gobierno, son arbitrarios. Por eso abusan, y ¡ay de aquel que los exaspere! (recordad en caso de Emeterio). Porque, aunque son temerosos, y están acobardados, es fácil sacarlos de sus casillas y se vuelven locos, se bestializan y no hay quien los contenga: se las pagas todas juntas.
Así que hay una historia de Oaxaca, como pueblo, que soporta las condiciones en que hoy vivimos: los crímenes, las ejecuciones, las venganzas, la condena de que “la vida no vale nada”. No se crean todo eso de la “delincuencia organizada”. Oaxaca es tierra de matones, de “mujeres y hombres de huevos”, que no se van a esperar a que ‘la ley’ venga a hacerles justicia. La gente se hace cargo.
Sí hay crímenes de narcotraficantes, ajustes de cuentas, como dicen; terrorismo, si así quieren llamarle. Pero también hay oaxaqueños muy enojados, porque de nada les ha servido respetar la ley. Gente engañada, muy frustrada porque le dijeron que a cambio de someterse a las normas iba a tener garantías. Y no las tuvo. No las ha tenido, ni las tendrá.
YA NOS DIMOS CUENTA
Los maestros y la APPO nos abrieron los ojos con sus arbitrariedades en 2006. Aprendimos que no tenemos por qué respetar las leyes ni al gobierno. Nos enseñaron cuán farsante es el Estado; y abrieron la puerta al crimen abierto y a la impunidad. Desde entonces, matar es una opción a la mano, un recurso viable.
Sin leyes que valgan, ni autoridades que las hagan valer, la justicia está en nuestras manos. Y la arbitrariedad también. El gobierno no nos va a defender de los bárbaros, así que mejor nos defendemos solos. Si yo, mi familia, mis bienes, cualquier persona o cosa amada está en peligro, más vale que yo tenga una arma a la mano. No me voy a esperar a que esas inútiles “autoridades” velen por nosotros.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo. ¡Qué crimen organizado ni qué nada! Nos quieren asustar con el petate del muerto. Mata cualquiera que tenga suficiente coraje para ello. Coraje, frustración, determinación, una causa y una arma (aunque ésta no es tan necesaria). Mata cualquiera en un momento de impulso, sin pensar. Ya todos nos hemos dado cuenta de que no nos están dejando salida.
Después dirán que fue el crimen organizado. (Tiene más idea el secretario de Protección Ciudadana de Oaxaca, Javier Rueda Velásquez, cuando habla de “imitadores”. Tiene razón, pero no le hacen caso.)
¿REPRESORA, O REPRIMIDA?
La policía de Oaxaca sirve para maldita la cosa. Según la doctrina, las policías fueron creadas para hacer valer la ley, respaldar a la autoridad y garantizar el Estado-de-derecho. Ningún Estado se hace respetar con ternuras; se necesita el aparato coactivo.
Los promotores del desorden le llaman “reprimir” a hacer valer la ley. Llaman “criminalizar la lucha social” a ejercer la autoridad. Y el “estado” —que a estas alturas ya es una extravagancia llamarlo “de-derecho”— cae en su juego. Se dice “respetuoso de la libre manifestación”, para no confesar su incapacidad de imponer el orden. Pasa por alto los delitos cuando se cometen en nombre de una “causa justa”. Y la policía queda en ridículo, anulada. No puede hacer su trabajo. Y si lo hace, la castigan.
ESTAR PREPARADOS
¿Cuánto más va a durar esto? No lo sé. Dicen que nuestro destino es cíclico: 1810... 1910... ¿2010? Oaxaca puede ser la mecha. Por ahora, en septiembre de 2008, hay leña por todas partes. No hablo de los pretextos ridículos de los maestros y los “luchadores sociales” —que la ley del ISSSTE, que la “privatización del petróleo”, que la “lucha histórica del magisterio democrático”...
Hablo del hambre, la pobreza insultante, la impunidad y la arrogancia de los explotadores; de la complicidad del Estado con los mismos maestros y las organizaciones chantajistas que lo sangran; del salario miserable, el robo infame de las afores y la negligencia criminal de la 'medicina institucional'; de los comerciantes abusivos, las “autoridades” prepotentes y los “errores” de Telmex; de la inseguridad en la calle, la corrupción, la impotencia de no tener justicia; del miedo a un secuestro, a que te maten...
¿Cuándo será? No creo que falte mucho. Creo que debemos prepararnos. Salir a marchar no sirve gran cosa. Lo del sábado fue un golpe espectacular, pero nada efectivo. Exageran quienes dicen que fue una “respuesta contundente”.
Pero sí fue una señal de que la sociedad avanza hacia una reacción que por ahora parece pacífica, pero que tarde o temprano será violenta, terrible, incontenible. Y la sangre que ofreció Calderón en su toma de posesión como presidente —que no es la suya ni la de su familia— será regada en los campos, en los caminos, en las ciudades; como otra veces.
La “descomposición social” no es un decir. Los sermones del arzobispo no son una puntada; los llamados de atención de los observadores no son ocurrencias o especies de moda. Créanme, lectores, lectoras, que nos encaminamos hacia la destrucción, y que nada bueno nos espera.Concepto Noticias by Concepto is licensed under a Creative Commons Atribución-No comercial-No Derivadas 2.5 Mexico License
OAXACA, HACIA EL ANARQUISMO
Sección: Opinión




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