Gisela Blas Piñón / Concepto
Oaxaca, Oax. - Manuel tenía 10 años cuando huyó de su casa. Se fue con los de la feria, lejos, muy lejos de los golpes y los castigos de su padre. Atracciones Paredes, que en esos días visitaba su colonia, fue su mejor opción. No lo pensó tanto. “Ahí conocí amigos. El señor [el dueño] me apreciaba, me enseñó a trabajar y me pagaba por mi trabajo; además me daba de comer y me compraba ropa”, recuerda. (En la imagen, Luciano Cruz. Para la familia y los amigos sigue siendo Manuel)
Manuel tuvo la mala suerte de que su madre lo dejara con su padre, cuando decidió abandonarlo, cansada de sus golpes y malos tratos. Él tenía sólo ocho meses de edad. “Aún no entiendo por qué me dejó, por qué no fue valiente y me llevó con ella”, dice con un cierto dejo de amargura.
Desde entonces, recuerda haber tenido al menos una docena de madrastras. Algunas eran buenas. Le daban de comer y le lavaban la ropa. “Otras también me pegaban o me maltrataban”, dice, refiriéndose a los insultos de los que era objeto.
Dice que su padre “era un donjuán”, pues tuvo muchas mujeres. Con casi todas tuvo hijos. Manuel asegura haber contado cerca de 40 hermanos. Además de ellos, tiene una hermana “de sangre”, con la que no convivió, porque cuando su mamá se fue, se la llevaron unos tíos, quienes la criaron como hija.
Para fortuna de Manuel, vivía su abuela paterna, quien en muchas ocasiones lo rescató de las golpizas y los castigos. Un tío, hermano de su papá, también lo defendió varias veces. Pero no podían hacer mucho ante el rencor de su progenitor, quien desquitaba en él su furia por el abandono de la esposa.
“Una vez, como castigo me metió a un pozo. Ni siquiera me acuerdo por qué. Me metió a una cubeta, ahí todo encogido. Como estaba chiquito, pues cabía. Me bajó casi hasta el fondo del pozo, amarró la soga y me dejó ahí toda la noche. ¡Hacía un frío..! —dice encogiendo los brazos y frotándoselos con las manos—. Me dio mucho miedo. Grité y grité para que me fueran a sacar, pero nadie me escuchó. Lloré mucho. Tal vez me quedé dormido o desmayado, no sé; pero ya era de día cuando mi tío y mi abuelita me fueron a sacar.”
Este hecho fue tal vez el que lo animó a escaparse de su casa. “Tuve una madrastra que sí me quiso. Fue la única. Me atendía casi igual que a sus hijos. Ella fue la que me dijo después de lo del pozo: 'Tu papá te pega mucho. Me da miedo que algún día te vaya a matar. ¿Por qué no mejor te vas?'…”
Entonces Manuel se fue con los de la feria. Ahí le enseñaron el oficio de herrero, y aprendió a hacer todas las estructuras metálicas que utilizaban en los juegos de la feria. Aunque sólo tenía 10 años, trabajaba igual que todos. La diferencia con su vida anterior era que ahí no había golpes; “tal vez sólo los de los grandes”, dice al recordar a sus compañeros mayores, con quienes a veces sostenía pleitos de muchachitos.
“ERAS MUY TRAVIESO”
Pero la raíz nunca se olvida. Así que al año siguiente, cuando la feria regresó a Oaxaca, y caprichosamente, a la colonia de Manuel, él también se vio obligado a volver. Aunque el temor de que su padre lo encontrara era latente, se atrevió a buscar a su abuela, quien, por supuesto, lo recibió con alegría, y con dolor se resignó a que lo mejor para él era haber huido y seguir con los de la feria.
Desde entonces, Manuel la veía cada año. El regreso a Oaxaca se convertía en una mezcla de alegría y miedo. El primer sentimiento lo inspiraban su abuela, tíos y hermanos; y el otro, su padre. Los primeros años tuvo suerte, pues evitaba el reencuentro, hasta que a su abuela se le ocurrió festejarle sus 15 años y organizar una comida, a la que fue invitada todo la familia, incluido su papá.
A pesar de haberse preparado para el encuentro, el rencor y coraje acumulados en los últimos cinco años se le juntaron con el miedo. Manuel tembló al estar frente a él. Las ganas de devolverle los golpes se fueron transformando en pánico, y sólo atinó a saludarlo. Más tarde le preguntaría por qué le pegaba tanto. La respuesta no lo convenció:
—Porque eras muy travieso.
Eso no era cierto. “¿Cómo me iba atrever a hacer travesuras, si ya sabía lo que me esperaba? En realidad él me odiaba por lo que le había hecho mi mamá”, comenta triste y firme a la vez.
Este hecho, además de una demanda por violación, alejaron nuevamente a Manuel de su familia, pues como cualquier chamaco loco, se “robó” a su novia, también de 15 años. Los padres de la joven lo demandaron y lo buscaron por todas partes, para meterlo a la cárcel.
¡AAAYY..! ÁNGELA
“Ángela Carvajal Espinoza. Centenario número 22, Izúcar de Matamoros, Puebla”, repite Manuel de memoria, cuando recuerda a la mujer que más ha amado.
La conoció cuando tenía 14 años, en uno de esos recorridos de la feria por las comunidades de nuestro país. Era un amor bonito, puro. Los dos primeros años fue de esos amores de lejos. Tenían que esperar un año para volver a verse, en cada feria.
Hasta que Manuel decidió quedarse a vivir en Izúcar, para estar cerca de ella, para casarse con ella. Dos años después tenía el consentimiento de los padres de Ángela, pues les había demostrado que la quería bien y que le daría buena vida. “Renté un cuarto y compré muebles, le puse su casa”, dice orgulloso.
Pero el amor de su vida, su mejor amigo y el destino, le jugaron una mala pasada. Ángela se vio obligada a irse a Nuevo Laredo, Tamaulipas, a trabajar con unos parientes que tenían un negocio de paletas y helados, para poder ayudar a sus padres. “Seis meses después, en días de feria, regresó a Izúcar más hermosa que nunca —dice Manuel—, más mujer que antes.”
Por eso le gustó al 'Pelusa', a quien Manuel consideraba su amigo amigo. “Con él compartía todo: mi ropa, mi dinero; incluso cuando a él le gustaba alguna chava que quería conmigo, yo se la dejaba y hasta les hablaba a ellas bien de él.”
Pero el Pelusa no entendió que no debía fijarse en Ángela. “En ella no, porque sabía que yo la amaba. Ella era bonita, bonita bonita —dice dulcemente al evocar su recuerdo—. Era morena y tenía el pelo chino, y una cara hermosa.”
El Pelusa se la robó a la mala: Le hizo creer a Ángela que Manuel se iba a ir otra vez con los de la feria, y le pedía que se reunieran a determinada hora para irse de Izúcar. Ángela llegó puntual. Se subió al carro de feria en el que antes viajaba Manuel, pero era el Pelusa quien se la llevaba “a la fuerza, con mentiras”.
Un año lloró Manuel la "traición". Un año completo esperó la feria sólo para pedirles cuentas. Pero el Pelusa no volvió; sólo Ángela, que para ese entonces esperaba un hijo. No había nada que explicar. Ella ya era del Pelusa.
Nada quedaba en Izúcar que lo retuviera, por lo que Manuel decidió mudarse al Distrito Federal, donde empezó a trabajar en una fábrica dedicada a la elaboración de estructuras. Ahí obtuvo el cargo más alto entre los soldadores. “Gané lo que quise, pues aprendí a hacer todo tipo de estructuras. Me fue muy bien.”
BUSCANDO A MAMÁ
Y de una decepción, Manuel cayó en otra. A los 18 años decidió buscar a su madre, porque quería preguntarle por qué lo dejó con su padre, sabiendo que era un hombre que bebía en exceso, y que era violento.
Se imaginó que el encuentro con su madre sería emotivo. Sin embargo, ella lo rechazó desde el principio. Cuando se presentó en su casa como su hijo, ella le recomendó que no dijera nada de eso a sus otros hijos, pues ellos no sabían de él ni de su hermana; y, por supuesto, tampoco de su anterior marido. “No me abrazó… no me quería”, admite con cierto dolor, al recordar el encuentro.
“NO ME LLAMABA MANUEL”
A los 20 años, Manuel tenía un buen trabajo, otra novia y muchas ganas de formar una familia. Fue entonces cuando se enteró que no se llamaba así.
Para poder contraer matrimonio, el Registro Civil le requirió sus documentos. Vino a Oaxaca en busca de ellos, y se llevó una gran sorpresa cuando le informaron que no tenían en sus archivos a alguien llamado Manuel Cruz. Pero sí aparecía una persona llamada Luciano Evaristo Cruz, quien había nacido en la misma fecha que él y había sido registrado por su padre. Entonces, no cabía duda: era él. No se llamaba Manuel, como siempre había creído. Empezó entonces un juego, a veces divertido: para los amigos de siempre es Manuel: y para los que no lo son tanto, Luciano.
EL ALCOHOL, UN REFUGIO
El matrimonio empezó bien, pero cuando nació su primer hijo las cosas cambiaron. “Mi mujer ya no me hacía caso. Todo el tiempo se dedicaba a mi hijo. Sufrí mucho, y en vano, porque en ese momento no entendía que la atención que mi esposa le daba al niño era normal.”
Manuel se sintió desplazado por su propio hijo, y desde entonces empezó a beber, como buscando olvidar que alguien más le robaba la atención de la única mujer que lo había querido.
Admite que sintió odio hacia su propio hijo, y que por un tiempo se desquitó con él y empezó a pegarle. “No como lo hacía mi papá conmigo, pero sí era muy duro con él”, dice a manera de justificación.
EL PATRÓN COLABORÓ
“Mi patrón me manipulaba con el alcohol —asegura—; según, para demostrarme que yo hacía bien las cosas, me regalaba bebidas o me invitaba a tomar.”
Recuerda que a veces su patrón le mandaba arreglar cosas con los ingenieros o arquitectos de las obras, y esas negociaciones siempre terminaban en borrachera. “Ellos, como ya me conocían, siempre me invitaban las cervezas.”
Manuel es 'alcohólico anónimo' desde hace más de 12 años. Tuvo que meterse al grupo de autoayuda, porque contagió de su enfermedad a su esposa y puso en riesgo la salud de uno de sus hijos, quien empezaba a seguir sus pasos.
Pero vivió con esta enfermedad 20 años, periodo en el que considera que su relación de pareja se tambaleó; aunque, gracias a que su esposa le tuvo paciencia, pudo salir del trance.
UNA BUENA HERENCIA
Manuel procreó cuatro hijos: dos mujeres y dos hombres. Los dos varones son “hombres de bien” y él está orgulloso de ellos, a pesar de que ninguno quiso estudiar una carrera. Es más: uno de ellos sólo terminó la primaria. “Pero ambos tienen buenos trabajos y viven bien.”
De las mujeres, una está casada y vive bien en el DF. Y la más pequeña, ya de 19 años, vive con él y con su esposa. “Creo que he cumplido con ellos. Y afortunadamente no seguí el ejemplo de mi papá. Yo sí quiero a mis hijos”, dice con orgullo.
“ELLA ES UNA SANTA”
Cuando se fue de Oaxaca, Manuel cursaba quinto año de primaria. Estudió el sexto grado en el sistema abierto, junto con su esposa, cuando tres de sus hijos ya eran adolescentes. “Gracias a mi mujer me he superado. Yo digo que ella es una santa, porque me aguantó todos esos años y se encargó del cuidado y educación de mis hijos. Aunque siento que me descuidó como pareja”, admite con cierto recelo.
Por todo ese tiempo dedicado a su familia, Manuel no dudó en regresar a vivir a Oaxaca, después de 40 años de haberse escapado, luego de que a su esposa el médico le recomendó mudarse del Distrito Federal, a una ciudad con menos metros de altura sobre el nivel de mar, por su problema de hipertensión.
Tiene un trabajo con el que está contento; construye una casa en la que piensa vivir el resto de su vida, al lado de la mujer que no sólo es su esposa, sino que en ocasiones ha suplido la ausencia de quien lo trajo al mundo.
EPÍLOGO
Luego de 40 años, Manuel ha vuelto a saber qué se siente tener una familia. Convive casi a diario con sus hermanos, con quienes sabe que puede contar cuando lo necesite. Ellos siempre están dispuestos a darle ese abrazo que le fue negado por las circunstancias de la vida.
Pero, sobre todo, ha dejado de sentir ese pánico, que dolía más que cualquiera de los golpes que le propinara quien se supone debió haber sido una de las personas que más debió amarlo. Y ha superado el abandono de esa mujer, quien no lo dejó porque él fuera un mal hijo, “sino porque ella no supo ser madre”.Concepto Noticias by Concepto is licensed under a Creative Commons Atribución-No comercial-No Derivadas 2.5 Mexico License
Oaxaca, 40 años después. Evocaciones de una infancia amarga
Sección: Especiales




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